El noviembre pasado, Marissa se tomó un período sabático para trabajar como voluntaria en el caso Chevron v. Donziger, apoyando a los afectados del Ecuador. A continuación presentamos algunas reflexiones de su experiencia

Lago Agrio, Ecuador. Es un domingo por la tarde en Sucumbíos, provincia amazónica en el noreste ecuatoriano. Donald Moncayo abre camino para el grupo en el pozo Aguarico 4. Tras esquivar varios troncos que flotan en las oscuras aguas del pozo, Donald sumerge su mano en negro charco. Levanta su mano, cubierta de viscoso crudo, muestra del desecho que Texaco (predecesor de Chevron) dejó como resultado de sus operaciones en el Ecuador.

Varias docenas de grupos viajan el Oriente ecuatoriano cada año para participar en los “toxi tours” liderados por Donald. Bajo su guía, se puede ser testigo de una de las batallas por justicia ambiental más importantes del último siglo.

La primera vez que conocí a Donald fue bajo circunstancias muy diferentes. El noviembre pasado, él viajó a Nueva York para participar como testigo en el infame juicio en el cual Chevron presentó una demanda, a modo de represalia, en contra de docenas de ecuatorianos afectados, sus abogados y también científicos que confirmaron la contaminación. A través de esta acción, Chevron buscó atacar la sentencia que esos afectados habían logrado en Ecuador en contra de la petrolera debido a las décadas de contaminación que deliberadamente se efectuó en la Amazonía del país (el “caso RICO”).  Me tomé un corto período sabático de mi trabajo con ERI para trabajar como voluntaria en el equipo legal de apoyo a los afectados ecuatorianos, también conocidos como los demandantes de Lago Agrio. Como institución, ERI ha apoyado a dichos demandantes en el pasado, pero mi ONG no participó directamente en este juicio. Mi trabajo se realizó de modo independiente. Durante varios meses, trabajé junto a un excelente equipo de voluntarios, incluyendo a abogados en derechos humanos, abogados que se especializan en juicios de demanda y sus familiares (quienes ayudaron como asistentes legales), y estudiantes de derecho en calidad de pasantes. Fue un equipo excelente, pero quizás el trabajo más significativo fue el trabajar junto a testigos como Donald, quienes viajaron desde Ecuador para contar su historia.

Donald nunca había salido del Ecuador hasta este juicio, pero decidió venir a Nueva York para testificar: para dar cuenta, frente a una sala llena de abogados de Chevron y del juez Lewis Kaplan - asignado al caso -, de la contaminación que Donald presencia, huele y sobrevive diariamente en la Amazonía del Ecuador. Donald vino a Estados Unidos con la intención de combatir al poder con la verdad. Pero cuando llegó, se dio cuenta que su verdad importaba poco.

Donald nunca había salido del Ecuador hasta este juicio, pero decidió venir a los Estados Unidos con la intención de combatir al poder con la verdad. Pero cuando llegó, se dio cuenta que su verdad importaba poco.Donald nunca había salido del Ecuador hasta este juicio, pero decidió venir a los Estados Unidos con la intención de combatir al poder con la verdad. Pero cuando llegó, se dio cuenta que su verdad importaba poco.

En el libro El Proceso de Franz Kafka, hay una sección que dice:

“No,” dijo el párroco, “no es necesario aceptar todo como verdadero, uno debe aceptarlo como necesario.” “Una perspectiva triste,” respondió K, “que hace de la mentira una ley universal.”

Lo que es necesario—que los poderosos mantengan su poder, que aquellos que dirigen la economía global mantengan el control—se convierte en ley universal. Verdades como las de Donald llegan a ser innecesarias.

El tema central en el juicio en Nueva York fue la validez de la sentencia que se emitió en Ecuador, la cual se basó en sucesos que ocurrieron en territorio ecuatoriano, bajo ley ecuatoriana y por cortes ecuatorianas. Chevron pasó gran parte de la última década exigiendo que los hechos del caso sobre la contaminación de Texaco deberían ser examinados en Ecuador, y confirmando que las cortes del país eran competentes para esta labor. Al menos así fue hasta que Chevron perdió en Ecuador. Y perdió contundentemente. Fue entonces que Chevron regresó a Nueva York, buscando modos de evitar la gran suma que debía pagar según las cortes ecuatorianas. Como nueva estrategia, Chevron insistió frente a la corte de Estados Unidos que al evaluar la sentencia emitida en Ecuador, el juez no debería, bajo ningún motivo, considerar ningún tipo de evidencia sobre la contaminación en Sucumbíos. El juez de Nueva York aceptó este pedido.

Fue así que durante el juicio a testigos como Donald se les ordenó no hablar sobre la contaminación en sus tierras y aguas, contaminación que Texaco realizó con plena conciencia e intención. Los abogados en el juicio ni siquiera podían usar la palabra “contaminación” sin antes acercarse al estrado del juez, a pesar de que el caso se trata precisamente sobre una de las disputas ambientales más significativas de años recientes.

Los abogados conocemos reglas de procedimiento básicas diseñadas específicamente para prohibir el tipo de comportamiento que Chevron mostró en este caso. Me refiero a conceptos como “cortesia internacional,” “impedimento jurídico,” “forum non conveniens,” “libertad de expresión,” y “prohibiciones contra pagos para los testigos no peritos.” Estas reglas ayudan a evitar que una parte en un juicio cambie de opinión y asuma una posición completamente opuesta por razones de conveniencia. Ayudan a que las decisiones de jueces extranjeros sean respetadas por las cortes estadounidenses. Protegen los derechos de individuos y activistas cuando deben buscar justicia. Previenen que ciertas partes compren a testigos sobre hechos (diferentes de “peritos”, testigos considerados como expertos técnicos en un tema) para así evitar que el dinero tenga efectos sobre testimonios.

Cada uno de estos principios fundamentales se ignoró en beneficio de Chevron. A la empresa se le permitió argumentar que el caso debía presentarse en Ecuador, y luego se le permitió cambiar de opinión después de que la corte ecuatoriana falló en su contra. En lugar de respetar el resultado del juicio original, la corte de Nueva York sometió al juez ecuatoriano a una ‘prueba sorpresa’ sobre su sentencia (un documento de 188 paginas), prueba que además se realizó a través de traducciones en las que se perdió claridad y por las que se creo confusión.

Mediante el uso de una ley (la ley de “RICO”) diseñada para que el gobierno pueda perseguir a mafiosos, a Chevron se le permitió atacar la libertad de expresión y tachar de “extorsión” y “conspiración” a una campaña pública honesta. La corte permitió que se gasten millones de dólares para ejecutar citaciones exigiendo la divulgación de documentos y testimonio en contra de activistas, abogados, periodistas y artistas, quienes no hicieron más que pronunciarse en contra de lo que Texaco, predecesor de Chevron, hizo en el Ecuador. Fue tal el alcance de la corte de Nueva York que a Chevron se le permitió la contratación de firmas de espionaje corporativo para que vigile y espie a nuestro grupo de activistas, abogados y a los afectados. Y en lugar de cuestionar la validez de las palabras del testigo de Chevron—un hombre que admitió haber recibido y entregado coimas en otros casos legales y que hasta el 2015 recibirá alrededor de US$300.000 dólares por parte de la compañía petrolera a cambio de su colaboración—la corte aceptó y acreditó sus palabras.

Como una abogada joven dedicada a ayudar y defender a comunidades como las que han sido afectadas por Chevron, pensar que vivimos en un mundo en el que lo necesario decide lo verdadero, en el que el poder decide la verdad, un mundo patas arriba, es aterrador.

Podría contar mucho sobre el juicio. Hay detalles ‘pequeños’: la diferencia en la cantidad de abogados, un verdadero pelotón de la petrolera versus un pequeño grupo de abogados y voluntarios en nuestro caso; como Chevron esperó hasta el último minuto para retirar su defensa en contra de la sentencia montería, despojándonos así de la oportunidad de llevar a cabo un juicio con jurado;  como, una vez eliminada la opción de tener un jurado, el juez decidió dar la gran sala de deliberaciones de jurado a los abogados de Chevron, relegando a nuestro equipo a dos pequeños cuartos en los que solo entraban tres personas a la vez. Pero también hay detalles mucho más importantes, sobre todo la debilidad del sustento legal del caso levantado por Chevron, el cual carece, en mi opinión, de requisitos legales básicos como causalidad, daños y perjuicios, “standing” (legitimación para actuar), o la posibilidad de buscar recursos de equidad bajo un estatuto que según varias cortes se limita solamente a daños monetarios en casos civiles, no recursos de equidad.  

A pesar de todas estas historias, cuando el Juez Kaplan presento su decisión el cuatro de marzo del 2014, yo solo pude pensar en Donald.

En Nueva York, a Donald no se le permitió contar la verdad sobre la contaminación masiva que afecta a la Amazonia ecuatoriana: no se lo considero necesario. En su lugar, con el aval de la corte, los abogados de Chevron presentaron una citación en contra de Donald durante su testimonio en el estrado. Se lo obligó a entregar una copia exacta del disco duro de su computadora, y se le advirtió que iría a la cárcel si no le daba a Chevron lo que la empresa solicitó. Esto sucedió a pesar de que el plazo para descubrimiento había terminado casi un año antes, y a pesar de que Donald Moncayo no contaba con un abogado y que no habla ingles. Por su valentía y ganas de hablar la verdad, Donald se convirtió en otra victima de un mundo patas arriba.

Esa noche, nuestro equipo trabajo hasta la madrugada tratando de encontrar un abogado para Donald. Al día siguiente, vimos con impotencia como Donald tuvo que subirse a un auto negro junto a su abogado y un abogado de Chevron, y un técnico forense digital contratado por Chevron. Donald pasó mas de diez horas con estos señores. A su regreso, estaba a punto de llorar—pero no había perdido su valentía ni coraje. Para expresar y denunciar la invasión de privacidad que Donald tuvo que soportar, el y yo decidimos escribir una declaración para leer en frente a la corte al día siguiente. Cuando intentamos hacerlo, se nos informó que si lo hubiéramos hecho, Chevron habría solicitado una orden para llevar a Donald a la cárcel.

Hace pocas semanas, estuve de visita en Lago Agrio. Donald me llevó de visita a los pozos y canteras que Texaco (ahora Chevron) dejó en el Oriente después de operar casi 30 años en el país. Donald me enseñó que bajo apenas centímetros de tierra, los pozos que supuestamente fueron “remediados” todavía contienen una capa negra de crudo. “Es una mentira”, dijo Donald, mientras disuelve la tierra en agua, la cual a su vez se envuelve en una viscosa mancha de crudo. Un mentira, pero necesaria.

Durante el juicio, Chevron nunca pudo negar la verdad: que la contaminación en el Oriente es real, independientemente de los méritos y hechos que se discutieron en el caso RICO. En un momento del juicio trabajé hasta las 3AM juntando evidencia para verificar dicha realidad: recopilé las muestras físicas que la misma Chevron, mediante sus técnicos expertos, presentó como prueba de contaminación cuando el caso se discutió en Lago Agrio. Pero no, cuando intentamos usar dicha evidencia durante el examen del testigo relevante (la científica líder de Chevron, Sara McMillen), el juez nos detuvo. La evidencia nunca pudo ser presentada y la verdad de Donald nunca se conto.

A pesar de cumplir nuestro rol como abogados en un juicio, nosotros también actuamos como testigos: de cómo la ley decide historias, nuestro futuro; del gran poder que la ley tiene y también cómo la ley se somete a ejercicios de poder. Y es que los juicios en Estados Unidos, al final del día, son espacios donde se narran historias. En el juicio en Nueva York, muchas historias no se narraron. Cuando hoy leo la decisión del Juez Kaplan (497 paginas en total), es como si ni siquiera hubiéramos estado presentes en la corte, o como si no hubiera necesidad de nuestra presencia. Todo lo que Donald tiene por narrar cuando hace su toxi tour en el Oriente del Ecuador se perdió en la corte de Nueva York.

Durante el cierre de argumentos del caso RICO, Julio Gómez, abogado representante de los demandados ecuatorianos, inicio su discurso, en inglés, pronunciando la siguiente cita en español; “la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada”. Volviendo al idioma oficial de la corte, Julio siguió: “quizás pocos en la corte entendieron lo que acabo de decir. Y quizás aquellos que no lo entendieron pudieron sentir, aunque sea por un momento, lo que mis clientes sienten constantemente al participar en este proceso.” Julio tradujo dicha cita al inglés, atribuyéndolas a su autor, Gabriel García Márquez. “Creo que lo que el autor quiere decir es que la sabiduría a menudo llega demasiado tarde.”

En este caso, la sabiduría parece haber llegado demasiado tarde para muchos de nosotros—para los activistas y abogados a quienes jamás se nos ocurrió que, al usar nuestro derecho a la libre expresión bajo la constitución, esto serviría de fundamento para que Chevron invada nuestra privacidad y hiciera cosas aun peores. La misma empresa que creyó que podía ganar en Ecuador y que al no salirse con la suya regreso corriendo a canchas más conocidas.

Entre bastidores en el "cuarto de guerra" (Steven Donziger es el tercero de la izquierda)Entre bastidores en el "cuarto de guerra" (Steven Donziger es el tercero de la izquierda)

En su argumento de cierre, Rick Friedman, abogado de Steven Donziger (Donziger es el abogado de Nueva York que tras haber ayudado a las comunidades afectadas, se convirtió en demandado en la demanda RICO de Chevron), dijo:

Este caso va mas allá del Sr. Donziger, o incluso de las 30.000 personas en Ecuador que podrían verse afectadas por la decisión de esta corte. Para guiarse, la corte debe hacer uso de principios, de una brújula legal, cuya importancia va más allá de este caso. [Señor Juez], gente alrededor del mundo va a leer su decisión, y todos esperan encontrar mucho más que saber si el informe del perito fue manipulado, o si un juez fue sobornado en Ecuador. Dichas personas querrán saber si las cortes de Estados Unidos son capaces de respetar sus propias leyes. Querrán saber si se aplicarán excepciones y reglas especiales para grandes empresas estadounidenses.

A miles de kilómetros de distancia, jueces y cortes en muchos otros continentes (en donde Chevron tiene operaciones y en donde los defendientes ecuatorianos esperan poder ejecutar la sentencia original emitida en Lago Agrio) deberán pronunciarse sobre lo que sucedió en el Oriente y quién es el culpable. Deberán pronunciarse sobre las diferencias entre incidencia política y extorsión, entre defender derechos y ser parte de una conspiración. Pronto, la opinión del Juez Kaplan será revisada por una corte de apelación y las estrategias y responsabilidad legal de Chevron serán evaluadas por varias otras cortes. Solo espero que la sabiduría no nos llegue demasiado tarde.

Photo courtesy of Rainforest Action Network

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