Dear Friends,

We entered 2012 amidst news of a historic transformation in Myanmar (Burma) on one side of the world; on the other, the U.S. Supreme Court stood poised to hear a case that would shape the future of international human rights litigation in the United States. The stakes could not have been higher for our small organization, founded with the dual goals of defending earth rights in Myanmar while using law as a tool for promoting global justice and corporate accountability.

Since we founded the first EarthRights School in 1998, training emerging leaders from Myanmar, we have wondered when our students would be able to openly put their knowledge into practice. Now, as the Myanmar military gradually loosens its controls on the media and the public, our students and alumni are finding new opportunities for advocacy that they have never had before. In 2012, for the first time, we could actually see civil society sprouting from the seeds we helped plant, as our alumni emerged from underground and conducted ground breaking advocacy from within their country.

For our staff members from Myanmar, these long-awaited changes have had profound personal consequences. Our Executive Director, Ka Hsaw Wa, for instance, was able to return to his family home for the first time since he fled into exile in 1988.

There are still, of course, many urgent human rights and environmental issues in Myanmar, which we will continue to document and expose to the world. Foreign investments must be coupled with strong human rights and environmental protections, or Myanmar’s most vulnerable populations and ecosystems will suffer horrible consequences in the name of development.

If we were surprised by the sudden changes in Myanmar, we were equally taken aback by the Supreme Court’s decision to hear, and then re-hear, a case that would put the future of our corporate accountability litigation in the balance. While Kiobel v. Royal Dutch Petroleum (Shell) was not one of our own cases, we campaigned relentlessly in support of the plaintiffs, hoping to help them find justice in both the court of law and the court of public opinion.

Unfortunately, in the spring of 2013, the Supreme Court (arguably the most pro-corporate Court in history) gave Shell a pass in the Kiobel case, ruling that Shell could not be sued for torture, killing and other crimes against humanity because the abuses had happened outside of the U.S.

The ultimate impact of the retrograde Kiobel ruling on other cases remains to be seen. However, like the changes in Myanmar, the Kiobel case reminds us that the landscape of our work is always shifting.

Opportunities to advance human rights and environmental protections will come and go, as will challenges large and small. But whatever the external circumstances, the greatest possibilities will arise from a thriving civil society with strong networks of informed advocates.

So, as we have since our founding in 1995, we remain true to our mission to combine the power of law and the power of people in defense of human rights and the environment.

Together with our alumni and allies in the Mekong and Amazon regions and around the world, we continue to seize critical opportunities to mobilize and speak out, to influence decisions and decision makers, to demand justice, and to shift power ever so slightly from those in centers of power to those in the margins.

Thank you for being with us in this ongoing struggle for justice and accountability.

In Solidarity,

Ka Hsaw Wa, Marie, Chana, Katie

 


 

Queridos amigos,

Ingresamos al año 2012 entre las noticias de una transformación histórica en Myanmar (Burma) de un lado del mundo; y con la Corte Suprema de los Estados Unidos dispuesta a considerar un caso que determinará el futuro de la litigación internacional sobre derechos humanos en el otro. Los intereses en juego no podrían ser más grandes para nuestra pequeña organización, fundada con el doble objetivo de defender los derechos de la Tierra en Myanmar y utilizar la ley como herramienta para promover la justicia y la responsabilidad corporativa a nivel global.

Desde que iniciamos la primera Escuela de EarthRights en 1998, para entrenar a líderes sociales emergentes en Myanmar, nos preguntamos cuándo los estudiantes serían capaces de poner sus saberes abiertamente en práctica.

Actualmente, mientras los militares de Myanmar reducen gradualmente el control sobre los medios de comunicación y el público, nuestros estudiantes y egresados encuentran oportunidades de incidencia nunca vistas. En 2012, por primera vez, vimos a la sociedad civil florecer de las semillas que ayudamos a sembrar: nuestros egresados surgieron desde abajo para conducir campañas innovadoras en sus países.

Para los miembros de nuestro equipo de Myanmar, estos cambios largamente esperados implicaron profundas consecuencias personales. Por ejemplo, nuestro director ejecutivo, Ka Hsaw Wa, pudo regresar a su hogar familiar por primera vez desde que se exilió en 1988.

Todavía quedan, por supuesto, muchas cuestiones ambientales y de derechos humanos pendientes en Myanmar, que continuaremos documentando y revelando al mundo. Las inversiones extranjeras deben ir a la par de fuertes salvaguardas ambientales y de derechos humanos. De lo contrario, las poblaciones y ecosistemas más vulnerables del país sufrirán graves consecuencias en nombre del desarrollo.

Todavía sorprendidos por los rápidos cambios en Myanmar, quedamos igual de descolocados por la decisión de la Corte Suprema de considerar, y luego re- considerar, un caso que pondría en juego el futuro de nuestros litigios por la responsabilidad corporativa. Mientras Kiobel v. Royal Dutch Petroleum (Shell) no era uno de nuestros casos, impulsamos una constante campaña de apoyo a los demandantes para ayudarlos a encontrar justicia tanto en la corte judicial como en la corte de la opinión pública.

Lamentablemente, en la primavera de 2013 la Corte Suprema (probablemente la más pro-corporativa de la historia) otorgó un salvoconducto a Shell en el caso Kiobel y falló que la empresa no podría ser demandada por tortura, asesinato y otros crímenes de lesa humanidad porque los abusos ocurrieron fuera de los Estados Unidos.

El impacto definitivo del retrógrado fallo Kiobel en otros casos está todavía por verse. Sin embargo, como los cambios en Myanmar, el caso nos recuerda que el paisaje de nuestro trabajo se transforma constantemente.

Las oportunidades de avanzar en la protección de los derechos humanos y el medioambiente se aprovecharán o no, los desafíos serán grandes o pequeños. Pero sean cuales sean las circunstancias externas, las mayores posibilidades surgirán de una floreciente sociedad civil con fuertes redes de defensores informados.

Por lo tanto, como desde nuestra fundación en 1995, nos mantenemos fieles a la misión de combinar el poder de la ley con el poder de los pueblos en la defensa de los derechos humanos y el medioambiente.

Junto a nuestros egresados y aliados en la regiones de Mekong y la Amazonia, y en todo el mundo, continuamos evaluando oportunidades críticas de movilización y expresión para influenciar decisiones y a quienes las toman, demandar justicia y transformar las relaciones de poder desde los centros hacia los márgenes.

Gracias por estar con nosotros en la lucha por la justicia y la transparencia.

En solidaridad,

Ka Hsaw Wa, Marie, Chana, Katie

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